La limpieza de ejemplares frescos


Dedicado a Irene G., sin cuyo interés
todavía estaría pensando en escribirlo.

Hasta las cosas más bellas e interesantes tienen un lado desagradable y, en nuestro caso, ése es sin duda la limpieza de los ejemplares que hemos conseguido. Como por otra parte, los ejemplares vivos (o al menos recién muertos) suelen ser con diferencia los mejor conservados y los más interesantes para una colección, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos con esta antipática tarea.

Empezaremos diciendo que no existe un método universal de limpieza y preparación: lo que vayamos a hacer depende en gran medida del tipo de molusco, de su estado, de la finalidad a que vaya destinado, de los medios de que dispongamos y, casi lo más importante, de nuestros propios gustos personales.

Lo más fácil es la preparación científica: si queremos al organismo para un estudio científico serio, entonces sus partes blandas son tan importantes o más que las duras (es decir, la concha) así que la cosa es simple, se lava bien lavado con agua y se sumerge el individuo completo en una mezcla de alcohol y agua en proporción variable. Pueden utilizarse distintos alcoholes (el xilitol se recomienda mucho últimamente, mientras que el formol se desaconseja por sus emanaciones) pero en general, con etanol vulgar y corriente (o sea, alcohol de farmacia) es más que suficiente. Mientras más puro el alcohol, menos cantidad del mismo es necesaria, para el etanol comercial una proporción del 70% de alcohol es bastante razonable. Tampoco es ninguna tontería que el agua sea de buena calidad.

Pero claro, esto no es lo que la mayoría de los coleccionistas necesitan, aunque vaya bien para Opistobranquios y babosas, así que vamos a centrarnos en lo que es una auténtica limpieza.

Eliminación de las partes blandas en Bivalvos. El caso de los bivalvos resulta sin duda mucho más sencillo, lo normal es que una vez muerto el animal (lo cual puede conseguirse por cualquier método a nuestro alcance) sus músculos se relajen y las valvas queden entreabiertas, entonces se pueden cortar mediante un cuchillo afilado (lo mejor es un bisturí o un cortador -"cutter"-) los músculos aductores que cierran las valvas, con cuidado de no estropear el nácar del interior y se extrae al animal. Se elimina también la base de los músculos que habrá quedado adherida a la concha. Es buena idea no eliminar sin embargo el ligamento, ya que éste permitirá que ambas valvas se mantengan juntas. Una vez limpia la concha, se deja secar con las valvas en el ángulo que deseemos que mantengan definitivamente, ya que una vez seco el ligamento, esta posición será inamovible, salvo que lo rompamos. (Bueno, en realidad se puede rehumedecer en muchos casos, pero es mejor hacer las cosas bien desde el principio, ¿no?)

Tratamiento previo de Gasterópodos. En el caso de los gasterópodos la situación es bastante más compleja y el tamaño y la morfología de la concha juegan aquí un papel fundamental. Pueden utilizarse varios tratamientos alternativos antes de intentar extraer a su habitante. Los más utilizados son:

- Inmersión en alcohol; el alcohol deshidrata los tejidos orgánicos, endureciéndolos y haciendo más fácil la extracción del animal. Este tratamiento debe durar varios días, dependiendo del tamaño del animal (de 3 a 5 días es algo razonable) El formol es bastante más rápido (con tres días es más que suficiente) pero presenta varios inconvenientes: es más tóxico (y huele mucho peor), es más difícil de conseguir y además puede dañar las superficies brillantes de la concha en especímenes delicados, cosa que no ocurre con el alcohol.

- Congelación; es una opción limpia, cómoda y eficaz: deben permanecer dos o tres días en el congelador (como siempre dependiendo del tamaño, la idea es que estén completamente congelados) La congelación produce la rotura de muchos tejidos, con lo que es más fácil que el animal salga de una pieza. No obstante hay que tener en cuenta que antes de ponerse a trabajar hay que dejar que se descongele, mejor a temperatura ambiente (pueden sumergirse en agua) Éste método no daña las conchas, salvo que se le caigan a uno.

- Cocción; talmente como si nos los fuéramos a comer (cosa que, de hecho, puede hacerse con muchas especies) se sumergen en el agua fría y se va calentando hasta que hierva. Se mantiene hirviendo de uno a varios minutos, dependiendo del tamaño, y se deja enfriar un poco. La operación de extraer al animal se realiza mejor cuando todavía está caliente. Ojo, algunas especies particularmente delicadas pueden estropearse (cascan) si nos pasamos con el procedimiento.

- Putrefacción; es un método cien por cien natural que consiste en dejar la concha al aire y que la naturaleza siga su curso. No obstante tiene varios inconvenientes serios. El primero es que apesta: no se os ocurra hacerlo si tenéis vecinos o si estáis en un hotel, por ejemplo. El segundo es que los productos resultantes de la putrefacción son bastante ácidos y dañarán con toda seguridad la concha si no extremáis las precauciones (se recomienda colgarla con la apertura hacia abajo, para que gotee sobre el suelo, sin tocar a la concha –ojo, la mayoría de los suelos de baldosas también pueden resultar dañados-) El tercero es que la luz del sol suele afectar a los colores, que tienden a desvanecerse. Además es el método más lento con diferencia. Personalmente sólo lo recomendaría para conchas muy pequeñas (1 cm o poco más) Una variante de éste método es dejar la concha junto a un hormiguero y permitir que los insectos den buena cuenta de los restos. Puede ser interesante para eliminar los últimos restos, siempre que tengamos un hormiguero cerca de casa y nuestras conchas no interesen a los vecinos o a otros animales con capacidad de transporte.

El método de elección depende bastante del tamaño del ejemplar: el alcohol funciona bien con ejemplares pequeños (unos 5 cm) pero es muy lento (y caro) con los grandes. La congelación va bien para ejemplares pequeños y medianos (hasta 15 cm, diría yo, aunque depende del espacio de vuestro congelador y de la prisa que tengáis). Para ejemplares más grandes suele ir mejor la cocción, que puede utilizarse en realidad para cualquier tamaño.

Extracción de las partes blandas. Habiendo preparado el ejemplar de alguna de las maneras antes descritas su extracción resultará mucho más fácil, lo cual no quiere decir sin embargo que el éxito esté asegurado. Primeramente separaremos el opérculo, tirando ligeramente del animal y cortando con un buen cuchillo y mucho cuidado, a ras del mismo. Limpiaremos los restos que hayan podido quedar adheridos y lo guardaremos cuidadosamente para saber a qué ejemplar corresponde, ya que la presencia del opérculo es un valor añadido para cualquier coleccionista serio.

Para extraer el resto del animal es necesario tener a mano un utensilio adecuado: lo normal es servirse de algún tipo de gancho metálico, un anzuelo puede servir o bien podemos fabricarnos uno a nuestro gusto con un alambre. Los artistas de la extracción recomiendan tener varios modelos de diferente tamaño y forma ya preparados. Engancharemos al animal de forma que la sujeción sea firme y tiraremos hacia fuera suave y lentamente, girando al mismo tiempo la concha para facilitar el tránsito del cuerpo a través de la espiral de la concha. Es importante (y difícil) procurar que no se rompa la carne, ya que en ese caso se nos quedará una parte (normalmente las vísceras) en el interior, resultando mucho más complicadas de extraer. Puede irse enganchando el animal desde más atrás a medida que va saliendo para reducir este riesgo.

No obstante es corriente que, a pesar de todas nuestras precauciones, una parte se quede dentro. De hecho, muchas veces resulta difícil saber si ello ha ocurrido o no y uno sólo se da cuenta al cabo de unos días, cuando un peculiar olorcillo se empieza a extender por toda la casa. Así pues nunca está de más continuar el proceso hasta el final, por si acaso.

Si se nos ha quedado algo dentro, recurriremos de nuevo a nuestros sofisticados instrumentos, introduciendo un alambre (ahora ya no nos sirve un anzuelo) con la forma apropiada para que llegue lo más lejos posible. Este alambre puede arrollarse en espiral siguiendo más o menos las medidas de la concha para facilitar su labor. Con él, rascaremos, giraremos, tiraremos y haremos en general todo lo que se nos ocurra con el fin de asegurarnos de que hemos sacado todo lo posible.

Es buena idea hacer todo esto utilizando además agua corriente, ya que ésta llega donde no llega nuestro alambre y puede facilitarnos bastante la tarea. Si se dispone además de agua a presión (lo cual puede conseguirse mediante artilugios que venden en los comercios adecuados, o bien mediante un tubo de goma conectado al grifo y el sabio manejo de nuestro dedo pulgar) mejor todavía. Como medida de seguridad, si se trabaja con agua a presión, es conveniente mantener la concha sumergida (en el fregadero o en una palangana, por ejemplo) por dos motivos: evitaremos ponerlo todo perdido y además no saldrá disparada la concha en un descuido. Naturalmente se pueden utilizar estos dos últimos procesos de forma alternativa: agua-alambre-agua y así sucesivamente. Lo importante es que no quede nada en el interior.

Si a pesar de todo nos quedan dudas (y a mí siempre me quedan) lo siguiente es dejar secar la concha al aire un par de días, esto terminará con los pequeños restos que hayan podido quedar y la concha estará ya en condiciones de incorporarse a nuestra colección. Si sospechamos que ha quedado algo más que “pequeños restos” una buena opción es sumergir la concha en una solución al 50% de lejía (o sea, mitad lejía, mitad agua) y dejarla unas horas. De hecho hay quien hace esto en primer lugar, ya que sirve también para eliminar los restos de algas y otras sustancias del exterior de la concha y en el caso de conchas muy pequeñas (1 cm o poco más) puede utilizarse como método único de limpieza. La lejía no daña la concha pero sí elimina los restos orgánicos (ojo, incluyendo el opérculo –sacarlo antes- y los ligamentos de los bivalvos), dejando el interior limpio y reluciente, de todas formas yo no recomendaría mantener la concha allí durante más de un día. Y desde luego, no se os ocurra hacerlo si queréis conservar el periostraco.

La limpieza del exterior. La cuestión del periostraco es lo primero que debemos tener en cuenta precisamente a la hora de enfrentarnos con la limpieza exterior. En general, los coleccionistas suelen eliminarlo, pero en algunas especies tiene su interés; si es posible, lo ideal sería tener dos ejemplares: uno con periostraco y otro sin él. Eliminarlo es fácil: basta con un baño durante unas horas en una solución de lejía y un cepillo (de dientes, por ejemplo) para quitar los restos que puedan quedar. A veces con esto último y un poco de agua es suficiente.

Las conchas de superficie lisa y brillante como las porcelanas, olivas, etc... no necesitan limpieza externa, con un simple lavado suele ser bastante (y además hay muchos productos que pueden dañarlas, aunque no el jabón), sin embargo las de superficie rugosa tienden a acumular concreciones calcáreas que pueden afearlas. Eliminar éstas es un trabajo delicado, para el que se suelen utilizar herramientas tales como agujas, cuchillos, etc... además de mucha paciencia. Especialmente buenos son los instrumentos que utilizan los dentistas (“cucharillas” les llaman), ya que además de su minúsculo borde cortante están hechos de buen acero.

El procedimiento es simple, aunque trabajoso, se basa en ir rascando y separando todo lo que no pertenezca a la propia concha, aunque hay que tener cuidado de no emocionarse y acabar haciéndole a la concha un traje nuevo... es preferible que sobre una concreción que no que falte un pedazo de la concha. Hay quien dice que la lejía sirve también para ablandar estas concreciones, y aunque yo tengo mis dudas, no pasa nada por probar.

Pueden utilizarse también herramientas eléctricas (cepillos metálicos) aunque es necesaria una cierta experiencia y mucho cuidado para sujetar bien la concha, además de usar gafas protectoras. El colmo de la sofisticación (según cuentan, porque yo desde luego no lo he comprobado) es el uso de aparatos de ultrasonidos como los que se utilizan en las limpiezas dentales... pero me temo que eso no está al alcance de la mayoría de los mortales.

Una vez bien limpia nuestra concha por dentro y por fuera, puede aplicársele una capa de aceite mineral (el aceite para bebés vale perfectamente) para potenciar su brillo y colorido, sobre todo si va a estar bien guardada donde no coja polvo. Para el periostraco se recomienda mejor que el aceite, glicerina. Lo que no se debe utilizar bajo ningún concepto son barnices o lacas ya que resultan imposibles de eliminar después sin dañar la concha y ésta habrá perdido gran parte de su valor.

Consejos para viajes. Viajar para conseguir ejemplares es una de las mejores cosas que tiene esta afición, pero tiene el inconveniente de que no siempre es posible limpiar las conchas que uno va consiguiendo, por falta de material o de tiempo (o de ganas, todo hay que decirlo) así que no está de más dejarlo todo en las mejores condiciones posibles para nuestro regreso a casa.

Si tenemos un frigorífico a mano, lo mejor es sin duda congelarlo todo hasta la hora de emprender el regreso. Si no, la solución más cómoda es utilizar alcohol y mantener los ejemplares sumergidos en él, para lo cual harán falta recipientes adecuados. Para el viaje de vuelta, los botes con alcohol pueden servir de medio de transporte si vamos en nuestro vehículo, pero pueden generar problemas en otros medios, por ejemplo si viajamos en avión, ya que el alcohol es inflamable y se considera peligroso. Eso sin contar con que en un fatal descuido pueden abrirse o romperse y dejarnos el equipaje hecho un asco. Los ejemplares congelados difícilmente se mantendrán en ese estado durante el viaje, salvo que éste sea muy corto, así pues lo mejor es prepararlos para afrontar el viaje. Para ello necesitaremos recipientes adecuados: las fiambreras de plástico (de diversos tamaños) van muy bien, así como las bolsas de plástico, sobre todo si se pueden cerrar herméticamente (“zip-bags” creo que les llaman)

Lo ideal es realizar siquiera una limpieza preliminar, extrayendo lo que podamos. Después se rellena la abertura con papel (higiénico, toallitas, etc...) formando un tapón lo más apretado posible, para evitar que los fluidos que se puedan generar salgan al exterior. No es mala idea haber vertido primero unas gotas de alcohol en el interior para evitar en lo posible los malos olores. Finalmente se enrolla el ejemplar completo con más papel y se mete en una bolsa de plástico cerrada y/o en una fiambrera. Lógicamente, mientras más frágil sea la concha, mejor debe ser el envoltorio. Cuando lleguemos a casa y tengamos tiempo, deberemos terminar la limpieza adecuadamente, como es natural.

Y eso es todo, en los momentos más duros de la limpieza, consolaos pensando lo bien que nos van a quedar cuando hayamos terminado...